lunes, 15 de abril de 2013

Libro: Erase una vez el amor pero tuve que matarlo


Han dicho de su literatura que es “urbanidad de carroña”; una manera muy acertada de definir un proyecto creativo que de tan urbano y callejero se acerca a lo podrido. Su primera novela en España (en realidad la tercera de su carrera), Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, puso a la crítica patas arriba: literatura desmedida y salvaje que cruzaba el charco y dejaba callados a los más talibanes del mundo editorial oficialista. Si a la ferocidad de sus libros unimos la agilidad con que Efraim Medina Reyes ataca en sus declaraciones a los mitos de la narrativa mainstream, el resultado es un personaje polémico, de mirada poliédrica que hace tambalear con sus afirmaciones las grandes verdades del mercado del libro. Y si no, sólo hay leer las entrevistas concedidas a Babelia y a Proscritos a propósito de Técnicas de masturbación. 

Érase una vez el amor pero tuve que matarlo tiene mucho de libro impostado, de rabia de pose. Se nutre de Loriga, de Mañas, de Bukowski, de Generación X, de los beats, pero todo ello -y éste es su gran defecto- sin asimilar, sin haber sido tamizado. En realidad, detrás de Érase una vez el amor se oculta el esquema narrativo que Medina Reyes terminaría de perfilar en Técnicas de masturbación. Aun así, su lectura muestra a un autor que a pesar de sus imperfecciones y sus tópicos indie ha llegado a las mesas de novedades para gritar fuerte; ha llegado a las mesas de novedades para quedarse.

Y es que ésta es una literatura-caos; una literatura que hace del cómic y de la cultura del rock una referencia continua. Por supuesto, a los amantes del equilibrio editorial de la cómoda Europa todo esto les parecerá deleznable. Sin embargo, insisto, detrás de las imperfecciones, de la impostura y de los obvios entramados de de esta novela se alza un discurso que, le pese a quien le pese, tiene mucho de verdadero.


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